MADRID HISTÓRICO


El graffiti, historia de un arte efímero

Alfonso XII

Es misión imposible recorrer las calles de céntricos barrios de Madrid como Malasaña o Lavapiés sin toparse con muros y puertas cuajadas de graffitis. Este fenómeno, conocido en cualquier ambiente urbano, nos asalta invariablemente en cualquier rincón de la ciudad y obliga a preguntarnos: ¿quién los dibuja?, ¿qué objetivos persigue?, ¿ en qué tribu urbana se encuadran sus autores?, ¿con qué materiales se realizan? ¿dónde y cómo se aprovisionan de ellos?

En principio hay que establecer una clara diferencia entre pintada y graffiti. La primera podemos definirla como “un mensaje verbal muralizado” comprendido por todos, y el graffiti esta dirigido a una minoría de “expertos” conocedores de su lenguaje, aunque ambos están condicionados por un ambiente voluntariamente marginal y por ello marcadamente ilegal, pero no por ello antisocial.

Alfonso XII

Los mensajes verbales en muros hunden sus raíces en la historia del urbanismo y se han encontrado graphiti (la palabra ya lleva implícito el plural) en latín vulgar con consignas políticas, insultos, declaraciones de amor, tarifas de prostíbulos etc,  en lugares como las catacumbas o las ruinas de Pompeya.

En 1943, con la llegada de las tropas americanas a Túnez, aparece por primera vez la célebre pintada Kilroy Was Here (Kilroy estuvo aquí). Su firma vuelve a aparecer en Italia, Francia y posteriormente en Alemania.

Pintadas siempre han existido y sobre todo en épocas de férreas censuras, en donde la clandestinidad obligaba a que fuera la única forma de expresión por parte de los disidentes.

Alfonso XII

La pintada ha muerto, viva el graffiti

El movimiento surge en la Nueva York de la década de los 60 de la mano de un joven mensajero de paquetería comercial, Demetrius, emigrante que recorría Manhattan y dejaba su apodo y número de la calle donde vivía en los lugares que visitaba para dejar un paquete, además de marcar las marquesinas de autobús y las estaciones de Metro que utilizaba en sus recorridos. En unos meses, Manhattan estaba plagado y despertó la curiosidad de un periodista que le entrevistó para el New York Times; la consecuencia de la difusión de la entrevista en la prensa fue la multiplicación  de los imitadores  que compitieron para cubrir la ciudad de mensajes de protesta y de demarcación de su territorio.

Poco años después en Filadelfia nacía el bombing (bombardeo) de nombres en todas partes, con el fin de llamar la atención de los lectores sobre un problema concreto. El bombing evoluciona en el Bronx neoyorkino como forma de protesta socio-racial y comienza un dialogo entre “escritor” y público, que ha llegado hasta nuestros días y que en nuestro país se unió a otra manifestación foránea, el hip hop, al que se encuentra ligado en su estética y planteamientos.

El graffiti llega a Madrid

En Madrid surge a finales de los setenta y principios de los ochenta un movimiento autóctono que comienza a cubrir la ciudad de pintadas. Esta corriente es conocida como “los autóctonos madrileños” y se integra dentro de a “Movida Madrileña” protegida por el entonces alcalde Tierno Galván. Este movimiento desaparece al cabo una docena de años y ha dejado el puesto a los actuales “escritores” (como ellos se denominan) encuadrados dentro del estilo hip hop.

El autodenominado “escritor” se encuadró desde el principio en la estética del break-dance y la música rap, se viste siguiendo las tendencias de esta moda norteamericana, se calza con zapatillas deportivas sin anudar los cordones (Jordan), utiliza parkas o sudaderas, de amplios bolsillos frontales y capuchas, anchos pantalones tejanas o multibolsillos y  se cubre con una gorra. Se asocia formando grupos unidos por una ideología músico-social, y muestran sus señas de identidad firmando sus “escritos” con una firma generalmente en inglés.

Tienen ciertas inquietudes culturales y artísticas, son individualistas, apolíticos y desencantados, antirracistas militantes, les entusiasma “lo negro” y muestran un abierta hostilidad a todo lo “pijo” o que oliera a “niño bien”. Por otro lado las drogas no es “su rollo”, lo cual socialmente juega a su favor. Considera que su actividad como “escritor” es legítima desde el punto de vista personal, pero técnicamente cara de mantener y socialmente incomprendida. Su primera condición de supervivencia es mantener en secreto su actividad.

La obra

El graffiti, para el espectador en general, tiene una consideración de marginal, libertario, espontáneo, juvenil, radical, pero en realidad es una obra con un mensaje verbal concienzudamente meditado y realizado en un lugar donde sea difícil la eliminación. Se crea para ser visto e interpretado por otros “escritores” que valoran la obra, el riesgo, la dificultad, el estilo y el mensaje. En el año 2000, Dier, un conocido “escritor” maduró la idea de realizar una campaña ridiculizando al voto, para ello utilizó  cartelería y plantillas de dibujo y organizó una campaña electoral ficticia.

Los inicios en la actividad

El recién iniciado (toy o chichi) comienza con el bombardeo (bombing) de un lugar público, cubriéndolo de firmas (tag). Esto aumenta su prestigio en el grupo. Lo siguiente es hacer “una línea” (cubrir con su firma todos los elementos publicitarios de una estación de metro o bien una línea completa). Después pasa a decorar su firma con relieves y elige un estilo de letra que lo vincula a un grupo. Con el tiempo y práctica su estilo se hace más definido.

Las relaciones de grupo son estrictas y hay establecidas una leyes que regulan sus actuaciones: el principio de autoridad del más experto, que a la vez es el que “más se ve”. Ningún toy (novato), situará su tag (firma) cerca del más conocido de los “escritores”. Otro principio es el de jerarquización de la obra: un tag realizado con rotulador puede ocultarse con una firma con spray, a su vez ésta puede ser tapada con otro graffiti. Otro principio es el de propiedad intelectual: jamás puede ser modificado un graffiti salvo por su autor.

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