HISTORICO


Historia de Baltasar Bachero

Villa Rosa

Era Baltasar un humilde madrileño de Lavapiés, que vivía con su mujer y sus cuatro hijos en un destartalado cuartucho, sin ventanas al exterior de una casa de corrala, en la calle Salitre. Una operación de traquea, le distorsionaba el habla y una voz ronca y débil era lo único que salía de su dañada garganta. Se ganaba la vida conduciendo una simón, tirada por un viejo jamelgo, que ni siquiera era suya y transportaba viajeros desde la Estación de Atocha al destino que le indicaran. Compartía la calzada con algunos vehículos a motor, coches y furgonetas que ya empezaban a verse por las calles de Madrid.

El 6 de marzo de 1929, cruzaba unas palabras con su vecino, un carbonero que tenía el chiscón en el número 31, mientras se dirigía a su casa después del trabajo. Entonces, vio cómo una camioneta que bajaba con traqueteo por la empinada cuesta que formaba la calle, realizó una brusca maniobra para evitar el atropello de una anciana mujer, y la consecuencia del volantazo fue un brusco empellón a la galera de un repartidor de cervezas que estaba descargando los pequeños toneles de madera, dejándolos caer sobre un saco de arpillera para amortiguar el golpe y evitar desperfectos.

Villa Rosa

Al asustarse las mulas de la galera, comenzaron una espantada carrera en dirección a un grupo de cuatro niños que estaban jugando distraídamente. Baltasar se apercibió de ello e intentó gritar a los chicos para que se apartaran, pero no salía de su garganta ningún sonido audible para los muchachos; sin pensarlo dos veces, se situó entre la mula y los niños, intentando frenar con sus brazos el peso de los animales, del carromato y de su carga de barriles. Sin conseguir su propósito el carro pasó por encima de Baltasar pero sí logró que se desviase ligeramente de su trayectoria y que el ruido alertase a los chicos.

Este acto heroico le costó la vida y seis días después falleció. En la prensa de aquellos días se dio publicidad a la noticia y se abrieron suscripciones públicas para recaudar algún dinero para los huérfanos y la viuda. En su entierro, dos coronas de flores una de la Sociedad de Caleseros de la UGT, de la que era dirigente y otra del Ayuntamiento, fue el mudo homenaje al acto de valentía de este hombre humilde. Y Primo de Rivera, que en aquel tiempo mandaba en los destinos de España, prometió ayudar a la viuda y cambiar el nombre a la calle, que entonces se llamaba Salitre, por la del abnegado calesero.

Así fue que, cuando hubo plaza, la mujer de Baltasar fue contratada por el Ayuntamiento para el servicio de retretes públicos. Pasó la Guerra Civil, uno de sus hijos murió en el frente de Madrid y ella fue depurada por motivos políticos. Por su parte, la calle cambió de nombre y, desde entonces, fue conocida por Baltasar Bachero, como homenaje a su heroico acto.

En el año 1967, el Seminario de Toponimia Urbana -ya extinguido- decidió reponer el viejo nombre de Salitre a la calle. Sin reparar en que el nombre hacía referencia a un almacén de salitre que suministraba a una fábrica de pólvora ya desaparecida hacía muchos años y que Baltasar Bachero, vecino de aquella calle, tuvo un heroico comportamiento y no fue simplemente un obrero durante la dictadura de Primo de Rivera.

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