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Motín de losa Gatos; la vida y las costumbres a finales del siglo XVII

La Puerta de Toledo

Sucedió en Madrid el 28 de abril de 1699 y se le conoce por este nombre, en clara alusión a los madrileños que eran llamados por este apelativo, desde la época de la toma de Madrid por Alfonso VI.


Se cuenta que una mujer, en la Plaza Mayor, se quejó a voz en grito contra el aumento espectacular del precio del pan, preguntándose como podía alimentar a sus hijos. El público allí congregado se adhirió a la protesta y corearon sus lamentos. De esta forma, se multiplicaron las voces y crecieron en intensidad hasta que un corregidor, que presenciaba el suceso, increpó a la mujer diciendo -“...que mandara castrar a su marido para que no la hiciese mas hijos...”. El efecto que logró con ello fue aumentar la solidaridad de los congregados, que enfurecidos, pasaron de las palabras altas a los hechos violentos, comenzando el saqueo de cuanto encontraron a su paso, se encaminó el gentío, primero a la casa del Conde de Oropesa, que fue asaltada e incendiada y seguidamente, ya transformados en turba furibunda, hacia el Alcázar Real.

La Puerta de Toledo

Allí se reclamó la presencia del monarca y, contra todo pronóstico y como cosa extraordinaria éste salió al balcón pidiendo perdón por ignorar la forma en que vivían sus súbditos. Esto calmó a la multitud embravecida, que depuso su actitud hostil. La multitud aceptó las razones del monarca y le obedeció, hecho que prueba el respeto a la figura del rey, muy vituperada por los historiadores, que dejó al morir un reino en mal estado, pero mejor del que había recibido de su padre, Felipe IV.

Carlos II, conocido como ‘el Hechizado’, murió sin descendencia, lo que provocó la Guerra de Sucesión española entre los dos pretendientes al trono español: el archiduque Carlos de Austria y Felipe de Anjou, bisnieto de Luis XIV de Francia y futuro Felipe V de España, inaugurando así la dinastía borbónica.

Costumbres gastronómicas en la época de Carlos II

La Condesa de D´Aulnoy recorrió España en 1676 y, aunque no puede ser considerada una historiadora científica, sí describe muy acertadamente cómo era la vida en la Corte: “ Al levantarse de mañana toman agua muy fría y el chocolate; a la hora de comer, se sientan los hombres a la mesa y las mujeres y los niños comen en un tapiz en el suelo... la comida es ligera y se come poco; lo mejor que aquí se ofrece son los pichones, las gallinas y el cocido, que de veras lo considero excelente; pero al más encopetado señor no le sirven más que un par de pichones y un guisadillo insoportable con mucho ajo y azafrán”.


El chocolate mañanero que cita era consumido por todas las clases sociales. Era costumbre tomarlo extremadamente espeso, acompañado de tortas de harina, a diferencia de la manera francesa, que lo tomaba muy licuado y solo.


El pan , alimento básico, provocaba múltiples revueltas y protestas populares, como la del mencionado Motín de los Gatos, debido a sus frecuentes subidas de precio. La carne solía tomarse guisada con abundantes especias, siendo esta forma de cocinarla muy criticada por los extranjeros que visitaban España. El pescado tenía una menor demanda en la dieta, ya que sólo se consumía en Cuaresma, especialmente arenques, sardina o bacalao en salazón.

El vino estaba considerado como alimento y se bebía muy moderadamente, estando estipulado como obligatorio en los contratos laborales que cubrían la alimentación de los trabajadores. Otras bebidas consumidas eran los refrescos con nieve, los granizados, muy demandados por la corte.

Una sociedad contraria al trabajo y el ahorro

 

El desprecio al trabajo era muy notorio y llegaba a ser utilizado como prueba para los procesos de hidalguía el no haber ejercido comercio ni oficio mecánico alguno, tanto el peticionario como sus progenitores. El honor y la honra estaban reñidos con el trabajo, tanto que la expresión de “ser pobre, pero honrado” estaba más relacionado con no haber trabajado jamás que con la pureza de sangre.


Para el trabajo se utilizaba preferentemente a los esclavos o a los emigrantes franceses, que en número superior a cincuenta mil vivían el Madrid, dedicados a aguadores, mozos de cuerda, comerciantes de aceite y caldereros. Ahorraban parte de lo ganado, siendo muy criticados por ello. El pueblo acogía con regocijo las medidas que tomaban contra ellos el Concejo por causa de las guerras con Francia.


Los días laborables no llegaban a los doscientos al año, se respetaban escrupulosamente los domingos como festividades cristianas, otras celebraciones religiosas de carácter local o general que llegaban a la cincuentena, además de los días de corridas de toros o representaciones teatrales, y en ocasiones se declaraba festivo el lunes, para descansar de los excesos realizados el domingo.

Gran afición a los toros

 

La gran pasión de la corte eran los toros, que en Madrid se corrían en la Plaza Mayor, donde se acomodaban en ocasiones más de cuarenta mil personas, con lidias de más de veinte toros durante todo el día. Se toreaba sin reglamentación alguna, a caballo por algún noble asistido por una cuadrilla de toreros a pie que cobraban un sueldo. Si el jinete no lograba la muerte del morlaco, eran los peones de a pie quienes tenían que rematarlo.

La afición lúdica más importante era el baile, practicado por todas las clases sociales a pesar de las disposiciones en contra del clero. Además, se frecuentaban los burdeles de forma habitual. Sólo en Madrid existían ochenta mancebías cobrando por el servicio que recibían los clientes medio real, siendo el salario medio de un jornalero dos reales.

El teatro era el segundo gran espectáculo. Las representaciones se realizaban en los corrales de comedias, donde todo estaba previsto y reglamentado, con una estricta separación de sexos y clases sociales y donde los llamados mosqueteros abroncaban o aplaudían tanto a autores como actores, dependiendo de ellos el éxito o fracaso de la representación.

Una moda amante del exceso

La imagen era una obsesión de todas las clases sociales, y el gasto en ropas de lujo un despilfarro que obligó al duque de Medinaceli a dictar disposiciones a favor del recato en el vestir para hacer frente al ajuste monetario (devaluación) de 1680 que no consiguieron efecto alguno. Siguió utilizándose excesos de adornos en la ropa femenina, confeccionando los vestidos en telas de seda, tafetán y brocados, con hiladas de oro y adornos de piedras preciosas y perlas.

La utilización del conocido armazón de varillas y ballenas que formaba el guardainfantes estaba en franco retroceso, sintiéndose muy orgullosos los moralistas, que consideraban esta prenda una perversión, ya que ocultaba los embarazos extramatrimoniales, cuando en realidad e abandono de esta prenda estaba más relacionado con su incomodidad a la hora de franquear puertas. Además, estaban de moda los escotes asombrosos, el abuso de maquillajes en rostro, brazos y pezones, que en ocasiones se dejaban entrever, para desesperación de los moralistas. La parte del cuerpo más protegida de la mujer eran los pies, que escondían de las miradas furtivas de los hombres con largos vestidos.

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