Antonio Robledo, natural de Mirasierra, cabrero de profesión y lobero por afición, nació el 13 de enero de 1826 y se dedico a descastar de lobos el valle del Lozoya y las sierras de Miraflores, Bustarviejo y Manzanares.
Para su trabajo, usaba un saco y un garrote, comenzando su temporada de caza a principios de Junio, mientras sus compañeros preparaban las majadas y los chozos, limpiaban fuentes y manantiales, almacenaban leña y cambrones para las hogueras ya que pasarían allí los meses de agostadero y las majadas habían sido abandonadas hacia meses a causa de la trashumancia invernal.
El Tío Francachela mientras, recorría las zonas mas escabrosas del monte buscando las loberas con crías recién paridas, una vez localizadas entraba en ellas desnudo para evitar que fuese detectado el olor que impregnaba sus ropas, se apoderaba de los cachorros y les daba muerte.
Sus convecinos reconocían su habilidad en la captura de las camadas de lobos y él frecuentaba las majadas donde era bien recibido y atendido por sus compañeros, tanto que llego a tener cierta popularidad en la comarca y hasta una comisión de ganaderos consiguió de la Diputación, se le otorgara una pensión vitalicia de ochenta céntimos diarios, como pago de su trabajo de lobero.
El mismo gobernador de Segovia le regalo una escopeta, que jamás uso para el desempeño de su oficio, que continuo hasta su muerte, por causas naturales, el 29 de enero de 1893.
Se cuenta en su haber mas de 219 muerte de lobos y un paisano suyo Isidoro Jiménez le dedico esta fuente que podemos localizar a la salida de Miraflores, por la carretera que a través del Puerto de la Morcuera, llega a Rascafría.
La figura del pastor que representa el panel principal de la fuente, muy corriente hasta el siglo XX, vestía de forma característica, grueso chaleco de piel de oveja, larga faja de lana que además de abrigar los riñones se usaba para guardar los utensilios de uso cotidiano, navaja, yesca y eslabón, para hacer fuego, zahones anchos de cuero, atados por debajo de la rodilla y abarcas recias de cuero de vaca sin curtir atadas con correas sobre escarpines de lana o dedales de tiras de piel de oveja que protegían los pies de las puntas de alambrillo y festuca.