Es de color blanco y posee unas cualidades organolépticas muy superiores, en cuanto a aroma y sabor, respecto al ajo basto o común.
Pertenece al grupo de variedades denominadas finas y se caracteriza por ser de cabeza mediana, compuesta por apretados dientes que son largos, estrechos y rosáceos, de textura firme y rodeados por túnicas blancas.
Su sabor es fuerte y picante, por lo que es un producto muy apreciado como condimento en todo tipo de guisos.
Normalmente se aconseja su consumo en crudo, pues así conserva al máximo todos sus efectos.
Considerado como aromatizante imprescindible en la cocina popular, es un condimento de gran importancia en la preparación de numerosas recetas. Platos como la sopa de ajo, el conejo al ajo arriero o el gazpacho hacen imprescidible la utilización de este producto de la tierra. Para freír y comer en crudo, es aconsejable cortarlo en láminas muy finas; en cambio, si va a ser preparado en cocciones largas es bueno que se use entero.

Ingredientes:
300 gramos de pan "sentado" (del día anterior) cortado en rebanadas finas. 4 dientes de ajo pelados. 1 litro de agua.
4 cucharadas soperas de aceite de oliva. 1 cucharadita de pimentón. Sal. 4 huevos (opcional).
Preparación:
Poner a calentar el agua. Calentar el aceite en una sartén o en una cazuela de barro y freír los ajos. Añadir las rebanadas
de pan y dorarlas.
Incorporar el pimentón, dar una vuelta mezclándolo y agregar el agua hirviendo. Poner la sal, dejar cocer 15 minutos y servir.
Opcional: durante los últimos minutos de cocción, si se desea, se puede dejar caer en la sopa un huevo por cada comensal, y esperar a que cuaje la clara antes de servir.