
La Comunidad de Madrid tal y como es conocida actualmente no es sino el resultado de su rico legado histórico, marcado por la impronta de los pueblos y avatares que ha conocido a lo largo de su historia.
Aunque se conocen en Madrid numerosos vestigios prehistóricos y romanos, es difícil referirnos a la ciudad de Madrid con anterioridad al período musulmán.
Obteniendo su fuero en 1202, no fue hasta el año 1561 cuando Felipe II trasladó la Corte de la imperial Toledo a Madrid, donde ya permanecería para siempre.
Habiendo sufrido sus mayores transformaciones durante el reinado de Carlos III, en la actualidad tanto la ciudad de Madrid, como la Comunidad Autónoma a la que ésta da nombre presentan un aire cosmopolita, además de su ya famoso carácter de ciudad abierta a visitantes y emigrantes.
La Comunidad Autónoma de Madrid es descendiente directa de la provincia homónima. Respuesta al influjo de la ciudad de Madrid, y ésta a su vez al de la Corte de los Austrias desde el siglo XVI, la provincia de Madrid surgió en el siglo XVIII, cuando ya reinaba en España la Casa de Borbón.
Precisamente cuando acababa la citada centuria, a la provincia se le incorporó el territorio afín a la ciudad de Alcalá de Henares, además de los Reales Sitios. Así llegamos al reinado de Isabel II y a la fundamental división provincial de 1833, año en el que quedan fijados los actuales límites del territorio provincial madrileño.

El pasado romano de los territorios de la Comunidad Autónoma encuentra su máxima expresión en Complutum, el origen remoto de la actual capital de la cuenca del Henares, Alcalá, cuyo museo arqueológico es cita obligada en cualquier recorrido por esta ciudad Patrimonio de la Humanidad.
Es difícil hablar de la historia de la ciudad de Madrid en fecha anterior al período musulmán. Se tiene constancia de la presencia del hombre prehistórico gracias a algunos yacimientos encontrados en las terrazas del río Manzanares y en otros lugares próximos, como la localidad de Ciempozuelos.
En la capital, los restos de la era romana tan sólo pueden verse en los museos, al no quedar en ella signo alguno que haya resistido al paso del tiempo. Sí existen en numerosas poblaciones de los alrededores, como Titulcia, Cadalso de los Vidrios o Alcalá de Henares. En lo que respecta al territorio de la hoy Comunidad Autónoma, hay constancia de asentamientos prehistóricos junto a los ríos Henares y Manzanares. El paso de Roma por la región no dejó de ser eso, un tránsito, como prueban los vestigios de sus calzadas.
En el arranque del medievo, la actividad de los visigodos en la zona fue escasa. Unida a la capital visigoda, Toledo, en la región de Madrid sólo destacaba Alcalá de Henares y su obispado. Madrid, la ciudad que dará nombre a la provincia y a la Comunidad Autónoma, no surgirá hasta después de la invasión musulmana de la península Ibérica.
Es en la segunda mitad del siglo IX cuando Muhammad I, hijo de Abderramán II y quinto emir independiente de Córdoba, la elige por su privilegiada situación para convertirla en fortaleza defensiva de la ciudad de Toledo ante posibles ataques cristianos. Más tarde, Madrid fue incorporada de forma definitiva a los dominios cristianos castellano-leoneses, tras la conquista de Alfonso Vl en el año 1083. La ciudad se transforma poco y en ella conviven cristianos, moros y judíos.

En 1202 se otorga el primer Fuero de Madrid, por el que se regía la vida municipal de la ciudad. En su origen, estaba bajo las órdenes de un gobernador y la acción de sus justicias, que eran designados por la nobleza y los pecheros.
Los ayuntamientos no aparecen hasta el reinado de Alfonso XI. En 1309, el rey Fernando IV celebra por vez primera Cortes en Madrid, con asistencia de los hijos del soberano, el arzobispo de Toledo, nobles y miembros de los concejos de las ciudades.
A partir de ese año, Madrid fue lugar de reunión de las Cortes de Castilla en numerosas ocasiones, incluidas las presididas por Alfonso XI en 1327, en las que se acuerda, entre otras cosas, que nadie pueda tener dos oficios en la Casa Real ni que se puedan conceder beneficios a los extranjeros.

Madrid debió de ser la primera denominación de la villa. Es un nombre anterior a los musulmanes que hace referencia a las aguas del lugar y especialmente al arroyo que corría por la calle de Segovia.
Con los árabes, el topónimo cambia a Mayrit, es decir 'madre de aguas', que alude a la abundancia de éstas. La fusión de los nombres árabe y romance hizo que tras la conquista, que no reconquista, prevaleciera el nombre cristiano, el latino Matrit.
Sede de la Corte de los reyes hispanos a partir de mediados del siglo XVI, y de forma definitiva desde 1606, ya bajo el reinado de Felipe III, la ciudad de Madrid creció, si bien no le acompañó en esa expansión prácticamente ninguna localidad de sus proximidades, a excepción de la universitaria Alcalá de Henares.
Fue la Casa de Austria la dinastía que vinculó para siempre la historia de la región de Madrid con la historia de España. La capitalidad española no dejó ya de recaer en Madrid ni siquiera con la llegada de una nueva dinastía, la de Borbón, ni tampoco con las breves experiencias republicanas o dictatoriales.

Madrid fue elegida como residencia temporal de los reyes de Castilla, entre ellos Pedro I. Es Enrique III quien transforma, a primeros del siglo XV, el alcázar en palacio y ordena, asimismo, la construcción de un recinto palaciego en el sitio de El Pardo para ser utilizado como recreo y cacerías reales.
Los Reyes Católicos entraron en Madrid de forma solemne en 1477, después de la victoria sobre Alfonso V de Portugal y sobre los partidarios de Juana la Beltraneja.
De su reinado quedan algunas obras notables, como son la capilla del Obispo en la iglesia de San Andrés, la casa de los Lujanes o la casa de Cisneros, en la plaza de la Villa. Y un sin número de ordenanzas, cédulas y disposiciones, así como la creación de un Tribunal de Justicia que se reunía semanalmente con la presidencia de los monarcas.
Un notable crecimiento experimentó la ciudad de Madrid con los Reyes Católicos, gracias a las exenciones de impuestos y otros privilegios dictados por los monarcas. A finales del siglo XV, la ciudad contaba 3.400 habitantes encuadrados en un recinto medieval que iba desde el alcázar, por la cuesta de los Ciegos, Vistillas, puerta de Moros, cavas, puerta Cerrada, cava de San Miguel y Platerías, hasta la plaza de los Caños del Peral.
El crecimiento siguió con Carlos I, que también eligió Madrid para estancias cortas, atraído por la abundancia cinegética en los bosques cercanos a la pequeña urbe, por lo que se llegó incluso a construir un pabellón de caza en el cercano Real Sitio de El Pardo. Quedaba poco para que Madrid adquiriera la capitalidad y se convirtiera en la primera urbe del Imperio.

Hasta que en 1561 Felipe II fijara su residencia en la ciudad de Madrid, el rey y su corte no tenían un lugar fijo, aunque Toledo fuera el más habitual; de ahí que en un principio se pensara que la elección de Madrid era provisional. Sin embargo la capital del imperio "donde no se ponía el sol" permaneció en la villa gracias a sus extensos bosques, y a su abundante agua. Además, el monasterio escurialense, que se estaba construyendo, se iba a encontrar muy cerca del palacio del rey, el antiguo alcázar árabe. En efecto, el 13 de septiembre de 1584 vio Felipe II hecho realidad el mayor de sus sueños: el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
El interés del rey por levantar un edificio a la mayor gloria de Dios y la dinastía de los Austrias hizo que en poco más de veinte años de trabajos se construyera este majestuoso edificio que, además de monasterio, es iglesia, palacio real, biblioteca, panteón de los reyes de España y seminario. En 1606, en el año en que vuelve para quedarse la capitalidad en la ciudad de Madrid, ésta comienza a extenderse notablemente.
La ciudad, al amparo de la nueva corte, crece mucho en poco tiempo. De los apenas tres mil hogares en que se cifraba la población de Madrid, se cuentan más de 14.000 habitantes en 1571 y hasta 40.000 a finales del siglo XVI.
El acaparamiento de la trascendencia de todo el territorio regional por parte de la urbe madrileña prosiguió e incluso aumentó a lo largo del siglo XVIII y del XIX. Madrid era ya la capital de un Estado centralizado. Aunque fue tras la Guerra Civil de la década de 1930, cuando el desarrollo industrial del área madrileña permitió el notable aumento de la población y de los límites de algunas ciudades de los alrededores de la capital.

El cuarto Borbón que reinó en España, Carlos III, se inspiró en el espíritu de la Ilustración, en el despotismo ilustrado para ser justos, con el objeto de imponer sus grandes realizaciones. Con él llegó el saneamiento de la ciudad y la reforma de calles, plazas y paseos. La industria, la cultura y el pueblo de Madrid iban a ser los primeros beneficiados.
La ciudad ve en poco tiempo un nuevo alumbrado público, el alcantarillado, la pavimentación, el papel moneda o el Banco de San Carlos. Se proyectan y culminan grandes obras y reformas urbanísticas: la Puerta de Alcalá, la reforma del paseo del Prado, el Jardín Botánico, el Colegio de Medicina de San Carlos, los edificios de Correos y Aduanas, las fuentes de Cibeles, Apolo, Neptuno y de la Alcachofa. Y el palacio Real, como residencia definitiva de los monarcas españoles.

Los albores de la contemporaneidad española tienen en dos localidades madrileñas, Reales Sitios ambas, unos de sus escenarios cruciales: San Lorenzo de El Escorial y Aranjuez. Los principales personajes de ambos hechos, el uno de 1807 el otro de un año después, fueron el rey Carlos IV, su favorito, Manuel Godoy, y su hijo, el futuro Fernando VII. Móstoles, otra localidad de la región madrileña, se uniría como protagonista a la propia capital en los sucesos de mayo de 1808, verdadero arranque de la edad contemporánea española, en tanto que comenzó la llamada guerra de la Independencia, mezcla de revolución y lucha contra el invasor.

Es el XX un siglo de grandes conflictos y hechos trascendentales para la historia de España. Los regímenes de Primo de Rivera y Francisco Franco, con una breve experiencia democrática y una guerra civil de fatales consecuencias por medio, se convirtieron en protagonistas de medio siglo convulso en la historia de España. Protagonistas también, en el último tercio de siglo, la democracia, los partidos políticos, el régimen parlamentario, la monarquía y la estabilidad, como símbolos de un país moderno que abre sus puertas al mundo.

El final de siglo pasado ha dado a la ciudad de Madrid y a la Comunidad Autónoma un aire más cosmopolita, al que contribuye el creciente número de turistas que visitan ambas durante todo el año. Continúa siendo la ciudad abierta de siempre que acogía a los emigrantes de las regiones españolas y su famosa actividad nocturna no ha perdido un ápice de vitalidad. Al tiempo, el Madrid moderno se prolonga más allá del Paseo de la Castellana y se rehabilita el olvidado casco antiguo, el mejor patrimonio artístico de la ciudad, a la vez que el territorio que conforma la comunidad autónoma se integra en la experiencia rejuvenecedora que viven las dos día a día.