RUTAS


El Madrid de Alatriste

diversos edificios pertenecientes a la ruta

En las callejuelas más estrechas del casco antiguo aún se respira la atmósfera de una época en la que sobrevivían espadachines a sueldo venidos de los Tercios de Flandes

400 años después se puede realizar un curioso itinerario por la Villa donde Arturo Pérez-Reverte ambienta Las aventuras del Capitán Alatriste. Nuestra tarea se basa en dos puntos básicos: descubrir y situar para luego hacer suposiciones acerca de la vida cotidiana en una capital de reino de apenas 400 calles y 100.000 almas.

Cuesta imaginarse las corruptelas en la corte de Felipe IV y la forma de trabajar de los artistas como Quevedo y Velázquez. Ellos y sus coetáneos dieron tanto lustre al XVII que fue bautizado como el Siglo de Oro de nuestra cultura.

Calle Cava Baja

Entre pícaros, galanes, cortesanos y religiosas


Es conocido como el Madrid de los Austrias, pero como bien indica el padre de la criatura literaria, la zona que vamos a conocer (o redescubrir) conserva más edificios de los siglos XVIII y XIX que de la época que le da nombre.

Marcamos el inicio de nuestro itinerario en la recoleta calle Rebeque, entre la plaza de Ramales y la calle Bailén. Proseguimos buscando el Teatro Real y los jardines de la plaza de Oriente. Sentados en un banco intentamos imaginar que donde hoy se levanta el Palacio Real se encontraba el antiguo Alcázar, residencia de los monarcas que asistieron a la ascensión y caída de un imperio. Cerca de allí está el comienzo de la Rúa Mayor, que llega hasta el corazón de la ciudad pasando por la plaza de la Villa.

Es interesante hacer un primer alto en el camino y recorrer las intrincadas calles de la margen derecha de la calle Mayor en dirección a la Puerta del Sol) y perderse por la zona. Podemos desembocar en la Cava Baja y pasar por las puertas de los numerosos establecimientos en los que, al igual que las tabernas frecuentadas por Alatriste (la del Turco, por ejemplo), podemos degustar vino acompañado de sugerentes platos de cocina madrileña.

 El Arco Cuchilleros

Desde el cruce de las calles Toledo y Segovia


Es hora de retomar la marcha y sentarse en el empedrado de la plaza Mayor. Eran famosos los espectáculos taurinos que se celebraban bajo los balcones de la Casa de la Panadería. Escenario principal de la fiesta y el comercio de la ciudad, gracias a los vendedores de cuadros, monedas y sellos conserva en la actualidad el aire que le daban los puestos ambulantes bajos sus nueve entradas, arcos como el de Cuchilleros y el de Felipe III por el que se llega, cruzando Mayor, a la calle Coloreros y el pasaje de San Ginés. Allí, con entrada por la calle Arenal, se ubica la iglesia de San Ginés, otro de los lugares de paso de Diego Alatriste y Tenorio y su fiel Iñigo de Balboa.

Lo cierto es que no frecuentaban tanto las ermitas e iglesias como los teatros. En ellos asiste a obras de Lope de Vega que suelen acabar convertidas en lances de estocadas. Para hacerse una idea de cómo eran los lugares de representación hay que escaparse a Almagro, en Ciudad Real ya que de los corrales de comedias mencionados en las novelas no queda ninguno en píe. El teatro más antiguo de Madrid estaba en la plaza de Santa Ana. Sobre el lugar que en el siglo XVI se construyó el Corral del Príncipe se edificó a finales del XIX el recinto que hoy conocemos como el Teatro Español.

Cerca está la calle Huertas, otra arteria de palacetes y conventos como el de las Descalzas. Alrededor de esta vía se levanta el Barrio de las Letras que debe recorrerse mirando al suelo pero también a los edificios, como las casas de Lope de Vega y Miguel de Cervantes.

Casa de las Siete Chimeneas, Plaza del Rey

Otras paradas obligadas


El plano dibujado por Pedro Texeira en 1656 contempla una villa más grande cuyos límites se extienden hasta las huertas de la actual plaza de Santa Bárbara, al final de la calle Hortaleza, y la zona del Prado y el Retiro.

No existía en el Madrid de Alatriste, pero es conveniente visitar las dependencias del Museo del Prado, en concreto las salas de Velázquez, cuyo acento sevillano se escuchaba en los mentideros del XVII. También fuera del recorrido es digna de reseñar la Casa de las siete chimeneas, en calle Infantas -paralela a Gran Vía-, que en su día fue residencia del embajador inglés y hoy forma parte del complejo donde se ubica el Ministerio de Cultura.

Colegio de San Ildefonso

De puertas afuera


Desde esta zona se tomaba camino hacia Alcalá de Henares, aunque habría que esperar hasta 1778 para contemplar la famosa puerta, obra de Sabatini. Las calles de la ciudad complutense rezuman sabor a historia: Tirso de Molina y Lope de Vega son sólo algunos de los que pasearon junto a la fachada plateresca del Colegio Mayor de San Ildefonso y entraron para orar en su capilla. Su trazado urbanístico responde a una planificación del siglo XVII. En 1998 Alcalá fue declarada por la UNESCO Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Las señas del barroco se aprecian en los principales conjuntos reales privados construidos en El Pardo, La Zarzuela y Aranjuez. Fue durante el reinado de Carlos III cuando la Villa de Aranjuez alcanzó su esplendor, pero ya durante el siglo anterior fue tomando forma. Un ejemplo de esto lo encontramos en la construcción de su Palacio Real, con origen en una finca de recreo que Felipe II decidió que tuviera aspecto monumental.

De nuevo en Madrid, en el Puente de Segovia, diseñado por Juan de Herrera, se iniciaba la ruta hacia la sierra norte y San Lorenzo de El Escorial, donde nos aguarda su imponente Monasterio y otros recintos por los que pasearon el Conde Duque de Olivares y Felipe IV. Seguro que pisaron el terreno que años después albergaría construcciones como las Casas de Oficios y de Infantes, el Real Coliseo de Carlos III y la Casita del Príncipe de Asturias (o de Abajo), destinos ineludibles en nuestro paseo por la ciudad.

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